Si sólo aprendemos a ser eficientes y trabajar como máquinas: ¿cómo esperar después que la máquina no nos reemplace?

Es paradójico pensarlo, pero ser eficientes nos vuelve prescindibles. En el contexto actual, la humanidad pareciera formar parte de un gran culto (deshumanizante, si me lo permiten) de eficiencia absoluta. Bajo la promesa de progreso, nos metimos en la carrera por convertirnos en versiones optimizadas de nosotros mismos. Pero en este punto aparece la contradicción de que cuanto más aprendemos a trabajar como máquinas, más fácil le va a resultar a la máquina reemplazarnos.

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La eficiencia es, por naturaleza, una lógica de reducción. Para que un proceso sea eficiente, debe ser predecible, repetible y estar libre de fricciones. Acá es donde tenemos un problema. Cuando aplicamos este criterio a la labor humana, transformamos nuestra actividad en un proceso de potencia positiva.

Si el valor de un profesional se mide exclusivamente por su capacidad de procesar datos, completar tareas o responder a estímulos con la mayor velocidad posible, este profesional está compitiendo en un terreno en donde la inteligencia artificial ya ganó.

¿Recuerdan el manual de procedimientos de una empresa? Ese que garantiza que ninguna persona sea indispensable para una estructura empresarial, es ahora el código escrito esperando ser utilizado por una máquina que no conoce el cansancio, la frustración, la enfermedad o la angustia.

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La eficiencia es un proceso completamente aditivo. Siempre añade más información. Carece de interioridad, secreto o resistencia. El cálculo es una operación de positividad pura, pero no produce conocimiento ni verdad, solo información.Y esto es lo que mejor sabe hacer la máquina.

Pensar, en contraste, implica la “negatividad del hacerse otro”. Requiere enfrentarse a lo desconocido y transformarse en el proceso; es un camino con rodeos. Es en este espacio (aparentemente inútil para el mercado) donde las ideas pueden colisionar sin la presión de un resultado inmediato. Sin este espacio, perdemos la capacidad de imaginar alternativas; nos volvemos excelentes ejecutores de un presente perpetuo, pero incapaces de diseñar un futuro diferente.

Frente al avance de la automatización, no podemos nunca intentar ser más rápidos que el procesador. Mientras la máquina es una respuesta perfecta y eficiente, el ser humano debe ser aquel capaz de cuestionar el problema en sí, recuperando el derecho a la imperfección y permitiendo que la intuición desafíe la lógica. Y como ya hemos hablado en otro artículo, la ética es fricción pura, y es este juicio ético el que debe priorizar la dignidad por sobre el rendimiento.

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