Aristóteles en su ética a Nicómaco nos habla de la virtud de hacer aquello que no está subordinado a ningún fin. Eso que no responde directamente a algo más. Lo que encuentra su fin en sí mismo. Quizá en la práctica es difícil hallar, o incluso, definir este tipo de actividades. En contraste, se vuelve sencillo encontrar ejemplos, trabajamos para ganar dinero. Comemos sano para ser saludables, hacemos meditaciones para calmar la mente. O nos ejercitamos con la esperanza de mejorar nuestra calidad de vida. Ahí, el arte encuentra un hueco en donde puede colarse y en apariencia “no servir para nada”. Y ya nos decía Orwell que las artes son la cosa más inútil que existe, y ese, por qué no, puede ser su mayor valor. De alguna manera, el arte nos convoca hacia lo real de la falta de sentido absoluto de la vida.

Hace poco, China tomó una decisión que movilizó por completo la geopolítica. Eliminó más de 12.000 programas universitarios, entre las que el arte, el diseño y la traducción fueron las más afectadas. Las mismas fueron reemplazadas por modalidades híbridas en donde el ser humano se desplaza al rol supervisor de la IA ejecutora.

En términos del pragmatismo tecnocrático, la medida desborda de lógica. ¿Para qué invertir años y recursos enseñando una forma que un algoritmo puede (en apariencia) resolver en segundos?


La pregunta, sin embargo, supone que el único valor del conocimiento está en aquello que podemos hacer con él. Bajo esta lógica, aprender a traducir solo tendría sentido si necesitamos una traducción; aprender a dibujar, si necesitamos una imagen; y aprender a escribir, si necesitamos un texto. Si una máquina puede ofrecernos el resultado de forma más rápida y barata, entonces el proceso parece convertirse en una pérdida de tiempo. 

Al automatizar la creación, no estamos simplemente ahorrando tiempo de diseño o escritura. Estamos también tercerizando el lenguaje y el dolor. Nos arriesgamos a quedar suspendidos en una cultura hiperproductiva pero radicalmente vaciada de sujeto, donde las máquinas generan respuestas impecables a preguntas que nadie se ha dignado a sufrir. 

Bajo esta lógica, el problema ya no es la idea de hacer que las máquinas se parezcan a los humanos, dotándolas de elementos intrínsecamente humanos, como puede ser la inteligencia, sino que despojamos a las personas del dolor, la angustia y la interpretación de todo esto, haciéndolas más parecidas a las máquinas.

No es de extrañar que optimicemos el sueño para rendir mejor, contemos los pasos para vivir más, meditemos para producir sin ansiedad y convertimos incluso el descanso en una inversión sobre el cuerpo del día siguiente. Todo parece tener que devolver algo.

Una canción no tiene por qué mejorar nuestra productividad. Una novela puede quitarnos semanas y no enseñarnos absolutamente nada que pueda incorporarse a un cv. Incluso pueden dejarnos peor de lo que estábamos. Pueden generar incomodidad, o dejarnos con más tristeza y preguntas que antes no teníamos.

Si el resultado fuera lo importante, hace rato la fotografía habría reemplazado por completo a la pintura. Sin embargo, seguimos pintando. Y es que dibujar nunca fue únicamente obtener una imagen. En el proceso había una demora, una resistencia y, sobre todo, una transformación del sujeto que los atravesaba.

Estamos en una época obsesionada con ahorrar tiempo. El arte todavía insiste en perderlo. Y quizá por eso sea una de las pocas cosas capaces de recordarnos para qué queríamos tener tiempo en primer lugar.

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